sábado, 30 de agosto de 2014

Recordatorio de un suicidio: Cesare Pavese


“En la noche del 26 al 27 de agosto de 1950, se suicidaba en Turín
Cesare Pavese, tras haber intentado infructuosamente establecer
contacto con algunas de sus amigas”

¿Qué es la obra de un escritor? Un escritor verdadero no escribe por casualidad; si lo es, en realidad, escribe por necesidad. Las necesidades del escritor vienen dadas por sus más profundas obsesiones y ─como decía Sábato ─ “las obsesiones tienen sus raíces más profundas, y cuanto más profundas menos numerosas son. Y la más profunda de todas es quizá la más oscura pero también la única y todopoderosa raíz de las demás”. Pavese fue precisamente un eterno obsesionado con el sufrimiento. Susan Sontag había de llamarlo el “Sufridor ejemplar” y es que, en su vida, el oficio de escribir se nos presenta como un sufrimiento. ¿Acaso no lo es en realidad?

“Uno no se mata por el amor de una mujer ─nos decía Pavese─ uno se mata porque… cualquier amor, nos desvela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”. Pareciera que amor y suicidio, en algunos escritores fueran sinónimos, no lo son, en realidad. Pavese vivió una eterna angustia por un motivo meramente físico, su impotencia sexual: eyaculaba demasiado rápido. Se considerará trivial este hecho, pero, ¿no es acaso el acto sexual una forma de comunicación? ¿No es el hombre, aislado por naturaleza, un eterno buscador de la compañía? Pavese vio restringido este método natural de comunicación y fue un factor determinante en su vida, como nos lo confiesa en su diario: “El hombre que eyacula demasiado rápidamente haría mejor en no haber nacido”. Esta incomunicación a la que se vio sometido, aunado a la humillación consecuencia de su defecto, generó una sensación de aplastamiento existencial y por lo tanto un recogimiento en sí mismo. Más adelante, en una carta enviada a una amiga, Fernanda Pivano, deja evidenciado ese ensimismamiento: “Durante un largo periodo, P. alcanzo una estoica ataraxia mediante la renuncia absoluta a todo lazo humano, salvo el abstracto de escribir… aguantaba, porque sabía que un derrumbamiento hacia las criaturas, hacia cualquier criatura, sería sólo una recaída, no un renacimiento… se produjo el derrumbamiento… Ahora pago cada instante de la ficticia soledad que había creado. La vida se venga con una verdadera soledad, así sea, como quiere la vida”.

Hay dos obsesiones latentes en Pavese, saltan a primera vista: la incomunicación y la necesidad de comunicarse. La incomunicación es su verdad, no la puede eludir, es un solitario que no puede comunicar se más que por el lazo abstracto de escribir. Aquí encontramos una fricción: el querer y el no poder. La necesidad de transmitir su yo es explicarse. Sus poemas son un confesionario no buscado. En última instancia, el sentido de su oficio literario consistió en escribir para tratar de alejar la idea del suicidio.
Impregnada desde muy joven, la idea del suicidio rondó a Pavese siempre. En su juventud un amigo se había suicidado. Pavese escribió a Mario Storani: “Así, pues, has de saber que no volveré a escribir, estoy casi seguro. No tengo ya fuerzas y, además, no tengo nada que decir. Una vez llegado a los versos del revólver queda dejar la pluma y proceder a los hechos”. No lo hizo en ese momento. Pero a partir de ahí se da comienzo un descenso hacia una soledad infranqueable y definitiva.

El 15 de mayo de 1935 es detenido por su militancia antifascista, luego de pasar unos meses en prisión, Mussolini lo confina a un pueblecito rural, Calabria. En este lugar vive con la mentalidad del suicida. Asume su inseguridad como forma de existencia y su sufrimiento es tan inevitable como necesario. Su detención culmina el 15 marzo del siguiente año de su detención. Su derrumbamiento estaba completo.
Pavese fue siempre un autocrítico e insatisfecho hasta la exasperación. Buscaba una objetividad que no encontraría nunca, y sin embargo, nos ha legado en su poesía un mundo de imágenes, de mitos, de dolor, de frustración. Lo pintoresco en Pavese es el carácter melancólico de sus mejores versos “Callar es nuestra virtud/Algún antepasado nuestro debió estar muy solo/ ─un gran hombre entre idiotas o un pobre loco─ /para enseñar a los suyos tanto silencio.” En la soledad escribía sus mejores obras y mezclaba a veces, tratando de ocultarlo, ese "yo" que tanto quería comunicar.

Hacia al final de su vida; luego de haber contribuido al florecimiento de la Literatura Italiana, a la evolución del verso en su patria, se le concede el premio Strega en 1950. Ese día es el último en que se le ve con vida. Se toma fotografías, una de ellas acompañado por Carlo Levi. Luego se precipita lo indecible, lo incierto. Ese largo periodo de conjeturas inimaginables entre la decisión y la acción de llevar acabo su muerte.
Una de sus últimas cartas va dirigida a Pierina, un amor postrero y nos lega en ella su testamento literario “No se puede quemar la vela  por los dos cabos, en mi caso lo he quemado todo por un solo lado y las cenizas son los libros que he escrito."

En algún momento de la noche que condujo el día 26 al día 27 de agosto de 1950, Pavese, encerrado en un Hotel de Turin se dejaba seducir por dieciséis envases de somníferos, luego de que infructuosamente tratara de comunicarse con algunas de sus amigas. Fueron, según se supo, llamadas desesperadas. Nos queda imaginar la esperanza sobreviviente que Pavese combatía en aquel último momento al tratar de comunicarse. Lo que si sabemos con certeza que ese combate lo ganó Pavese para siempre.
No tuvo, su esperanza, oportunidad alguna, Cesare, siempre había estado solo. Nueve días antes, el 18 de agosto de 1950, hizo la última anotación en su diario: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. En algún momento de la noche del 26 de agosto, en el hotel Roma de Turín, Pavese, también se dijo no viviré más. ¿Acaso no llego a la cuestión más seria desde un plano filosófico: juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla? El juzgó que había sobrevivido demasiado tiempo y había llegado la hora de morir. Porque “Nadie se suicida ─nos decía Pavese─: la muerte es el destino”.
Panero describiría en un poema aquel momento magistral en que Pavese murió para enseñarnos el “ofició de vivir”:
A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno

Solo bajo del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío
abrió su solitaria habitación
y escucho con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
─por primera vez había afirmado su existencia─
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después ─una extraña sonrisa dibujaba
sus labios─
se anunció a sí mismo, tercamente,
la certidumbre que al fin había
adquirido:
jamás volvería a dormir solo en cuarto de hotel.
U

Recordatorio de un suicidio: Cesare Pavese


“En la noche del 26 al 27 de agosto de 1950, se suicidaba en Turín
Cesare Pavese, tras haber intentado infructuosamente establecer
contacto con algunas de sus amigas”

¿Qué es la obra de un escritor? Un escritor verdadero no escribe por casualidad; si lo es, en realidad, escribe por necesidad. Las necesidades del escritor vienen dadas por sus más profundas obsesiones y ─como decía Sábato ─ “las obsesiones tienen sus raíces más profundas, y cuanto más profundas menos numerosas son. Y la más profunda de todas es quizá la más oscura pero también la única y todopoderosa raíz de las demás”. Pavese fue precisamente un eterno obsesionado con el sufrimiento. Susan Sontag había de llamarlo el “Sufridor ejemplar” y es que, en su vida, el oficio de escribir se nos presenta como un sufrimiento. ¿Acaso no lo es en realidad?

“Uno no se mata por el amor de una mujer ─nos decía Pavese─ uno se mata porque… cualquier amor, nos desvela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”. Pareciera que amor y suicidio, en algunos escritores fueran sinónimos, no lo son, en realidad. Pavese vivió una eterna angustia por un motivo meramente físico, su impotencia sexual: eyaculaba demasiado rápido. Se considerará trivial este hecho, pero, ¿no es acaso el acto sexual una forma de comunicación? ¿No es el hombre, aislado por naturaleza, un eterno buscador de la compañía? Pavese vio restringido este método natural de comunicación y fue un factor determinante en su vida, como nos lo confiesa en su diario: “El hombre que eyacula demasiado rápidamente haría mejor en no haber nacido”. Esta incomunicación a la que se vio sometido, aunado a la humillación consecuencia de su defecto, generó una sensación de aplastamiento existencial y por lo tanto un recogimiento en sí mismo. Más adelante, en una carta enviada a una amiga, Fernanda Pivano, deja evidenciado ese ensimismamiento: “Durante un largo periodo, P. alcanzo una estoica ataraxia mediante la renuncia absoluta a todo lazo humano, salvo el abstracto de escribir… aguantaba, porque sabía que un derrumbamiento hacia las criaturas, hacia cualquier criatura, sería sólo una recaída, no un renacimiento… se produjo el derrumbamiento… Ahora pago cada instante de la ficticia soledad que había creado. La vida se venga con una verdadera soledad, así sea, como quiere la vida”.

Hay dos obsesiones latentes en Pavese, saltan a primera vista: la incomunicación y la necesidad de comunicarse. La incomunicación es su verdad, no la puede eludir, es un solitario que no puede comunicar se más que por el lazo abstracto de escribir. Aquí encontramos una fricción: el querer y el no poder. La necesidad de transmitir su yo es explicarse. Sus poemas son un confesionario no buscado. En última instancia, el sentido de su oficio literario consistió en escribir para tratar de alejar la idea del suicidio.
Impregnada desde muy joven, la idea del suicidio rondó a Pavese siempre. En su juventud un amigo se había suicidado. Pavese escribió a Mario Storani: “Así, pues, has de saber que no volveré a escribir, estoy casi seguro. No tengo ya fuerzas y, además, no tengo nada que decir. Una vez llegado a los versos del revólver queda dejar la pluma y proceder a los hechos”. No lo hizo en ese momento. Pero a partir de ahí se da comienzo un descenso hacia una soledad infranqueable y definitiva.

El 15 de mayo de 1935 es detenido por su militancia antifascista, luego de pasar unos meses en prisión, Mussolini lo confina a un pueblecito rural, Calabria. En este lugar vive con la mentalidad del suicida. Asume su inseguridad como forma de existencia y su sufrimiento es tan inevitable como necesario. Su detención culmina el 15 marzo del siguiente año de su detención. Su derrumbamiento estaba completo.
Pavese fue siempre un autocrítico e insatisfecho hasta la exasperación. Buscaba una objetividad que no encontraría nunca, y sin embargo, nos ha legado en su poesía un mundo de imágenes, de mitos, de dolor, de frustración. Lo pintoresco en Pavese es el carácter melancólico de sus mejores versos “Callar es nuestra virtud/Algún antepasado nuestro debió estar muy solo/ ─un gran hombre entre idiotas o un pobre loco─ /para enseñar a los suyos tanto silencio.” En la soledad escribía sus mejores obras y mezclaba a veces, tratando de ocultarlo, ese "yo" que tanto quería comunicar.

Hacia al final de su vida; luego de haber contribuido al florecimiento de la Literatura Italiana, a la evolución del verso en su patria, se le concede el premio Strega en 1950. Ese día es el último en que se le ve con vida. Se toma fotografías, una de ellas acompañado por Carlo Levi. Luego se precipita lo indecible, lo incierto. Ese largo periodo de conjeturas inimaginables entre la decisión y la acción de llevar acabo su muerte.
Una de sus últimas cartas va dirigida a Pierina, un amor postrero y nos lega en ella su testamento literario “No se puede quemar la vela  por los dos cabos, en mi caso lo he quemado todo por un solo lado y las cenizas son los libros que he escrito."

En algún momento de la noche que condujo el día 26 al día 27 de agosto de 1950, Pavese, encerrado en un Hotel de Turin se dejaba seducir por dieciséis envases de somníferos, luego de que infructuosamente tratara de comunicarse con algunas de sus amigas. Fueron, según se supo, llamadas desesperadas. Nos queda imaginar la esperanza sobreviviente que Pavese combatía en aquel último momento al tratar de comunicarse. Lo que si sabemos con certeza que ese combate lo ganó Pavese para siempre.
No tuvo, su esperanza, oportunidad alguna, Cesare, siempre había estado solo. Nueve días antes, el 18 de agosto de 1950, hizo la última anotación en su diario: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. En algún momento de la noche del 26 de agosto, en el hotel Roma de Turín, Pavese, también se dijo no viviré más. ¿Acaso no llego a la cuestión más seria desde un plano filosófico: juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla? El juzgó que había sobrevivido demasiado tiempo y había llegado la hora de morir. Porque “Nadie se suicida ─nos decía Pavese─: la muerte es el destino”.
Panero describiría en un poema aquel momento magistral en que Pavese murió para enseñarnos el “ofició de vivir”:
A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno

Solo bajo del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío
abrió su solitaria habitación
y escucho con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
─por primera vez había afirmado su existencia─
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después ─una extraña sonrisa dibujaba
sus labios─
se anunció a sí mismo, tercamente,
la certidumbre que al fin había
adquirido:
jamás volvería a dormir solo en cuarto de hotel.
U

martes, 26 de agosto de 2014

Cien años de Cortázar


Cortázar viene del infinito y va hacia el infinito o lo que, modestamente, se considera el infinito: la eternidad. Hoy se cumplen cien años de su nacimiento.
Recuerdo que conocí a Borges  y conocer a Borges es encaminarse a conocer a  Julio Cortázar (Puede suceder a la inversa).  Nunca me gustaron  los epítetos suntuosos como  “Referente clave de la literatura” me parecen  de un gusto apoteósico grotesco.  Veo a Cortázar como un gran escritor,  y un gran escritor ─parafraseando a Sabato─ no es un artífice de la palabra, sino un gran hombre que escribe y él lo sabe.
Nuestro hombre, Julio Cortázar, pues bien, era un escritor. Cualquiera puede ser un escritor, pero ninguno puede ser Julio Cortázar. Ahí radica esa cualidad que en ocasiones yo mismo he cuestionado. ¿Qué quiero decir con que Julio Cortázar es su cualidad? He sostenido siempre que hay una línea diáfana, pero infranqueable que une obra y escritor. La obra de Julio Cortázar es de una inagotable fuente: la imaginación; y Cortázar es en definitiva  un ser imaginario.
El mundo literario, no la Literatura, ha sido y es un mercado de ofertas y demandas en los que las demandas no suelen ser consecuencia de la calidad, sino del éxito. Casi siempre el éxito no es sinónimo de calidad; sin embargo Julio Cortázar logro aunar esos dos atributos en su obra. Razón por la cual sea de ese grupo de escritores paradigmáticos y mal comprendidos, sino recuérdese a Gabriel García Márquez que llegó a ser el autor latinoamericano más leído por los que “fingen leer” y;  sin embargo, se debe afirmar que este escritor es imprescindible en la historia literaria; a pesar de lo vapuleada que esta su imagen con tanto  esnob leyendo su obra sin procurar comprenderlo.
Quiero rescatar a Cortázar para mí. Nació un día como hoy. Nació un veintiséis de agosto de 1914. Inevitable y brutal fue mi encuentro con él. No olvidaré jamás esa sensación de shock que me dejó  la lectura de “la noche boca arriba”. Desesperado, hambriento de sus historias, comencé a indagar, como suele sucederme con un escritor que me impacta, todo cuanto pudiera acerca de ese gigantesco hombre, tanto  de estatura como de genio. Aún me debo leer algunas de sus obras. Era un escritor prolífico, maniático como debía ser para escribir un cuento como  “cirse” de aquel endemoniado “Bestiario”. A riesgo de caer en la apoteosis debo decir que, Cortázar, es un escritor que debe ser leído no por sus errores, sino por sus aciertos.
La lectura de Cortázar es fulminante de una lucidez de locos,  atrapa por esa característica tan propia de Julio Cortázar: el enigma.  El enigma de Cortázar no es indescifrable, basta ver todo con los ojos de los niños, dejarnos llevar por el asombro de sus temas y sus personajes. Basta para leer a Cortázar, sensibilidad.
Conocido como el Gran Cronopio, pasará a la historia por esa sensación de extrañeza y admiración hacia su obra. Hoy, cien  años después del día que lo vio nacer, trataré  de recordarlo, de rescatarlo para mí,  en las lecturas, en las tantas horas de lecturas en las que uno se induce tras un primer bocado de Cortázar.

jueves, 24 de julio de 2014

Para continuar con esta masacre

¿Recuerdas aún, recuerdas, ardiente corazón
que estuviste sediento?
Nietzsche.

Me he arrancado ya, el último atisbo de nostalgia
He extirpado el más canceroso de los recuerdos
Ya antes había amputado mis piernas para no correr tras de ti
Trituré mis manos ─lo que más me dolió─ para no escribirte

A mis ojos no los asesiné yo. Habían visto demasiado y se suicidaron
Mi nariz  se murió un poco de pena, castigada por el recuerdo de un único olor
Mis oídos perdieron el sentido. Se quedó mudo mi oído. Yo ya no lo escucho ni ellos a mí
Sufrían mucho mis oídos. Ellos se alejaron de mí para no escucharte, para no escucharme

Me arranqué el estómago para no recordar tu: « ¿Tenés hambre?»,
el hígado para no beber y emborracharme para amarte otra vez. Yo sólo te amé borracho
Extraje esas dos alas negras, mis pulmones, de un tirón y sin misericordia, para no fumarte
Destrocé mis labios con mis dientes. De bellos pasaron a ser dos maceras agónicas, decadentes

Para continuar con esta masacre…

Para continuar con esta masacre sostengo la respiración. No conozco a nadie que haya sobrevivido.
¿Seré el primero que no tenga corazón?
Para continuar con esta masacre no debo pensarlo y sacármelo de una vez y no llorar
Si lloro haré imposible mi acto heroico

Tengo un corazón duro. Ahora lo sé
Le hablaré un poco de ti, de lo que aún no se me olvida. Le hablaré con cariño de tus besos, de tus sonrisas, de tu encanto juvenil y tu lozana compañía
¡Que fácil cede mi corazón ante tu recuerdo!
No hay vuelta atrás luego de esta herida. No habrá metáfora como deidad secreta
Se ha muerto junto a mi corazón todo lo arcano
La indescifrable agonía del: «Yo soy», se ha muerto
Yo ya no soy este momento, ni soy ayer, ni voy a ser mañana
¿Pero si no tengo corazón qué es este pequeño dolor del pecho?
Miro despacio y me quedo viendo
No ha  muerto mi corazón, pero si agoniza

Has que valga la pena

Si voy a perder tu compañía has que valga la pena
Claro, seré el recuerdo que olvidarás anidada en otros brazos
te atarás con mansedumbre a otro corazón.
Seré yo el borracho de las avenidas al que le darás limosna

Vete con tus ilusiones y esperanzas hacia alguien que conozca de esas cosas
Ya no exijas de esta tierra infértil un fruto que no dará jamás
No vuelvas tu mirada compasiva hacia mis ulcerosas cicatrices
Es más, no vuelvas de ese paraíso al que ascendiste

En este corazón que llamas infierno se fraguan los más sublimes sentimientos;
detrás de esa mugre, tal vez fulgura un espíritu compasivo
Tal vez no hay nada, o poco, o mucho
Yo no pido que te quedes, sino que no prolongues tu partida

Mi horizonte es el suelo que piso y tú ves en el cielo apenas una frontera
No recrimines más mi andar cansado, mi trote patético, mis pocas ganas de respirar
No te rías de mi pequeña valentía al ser yo quien cava su propia tumba
No me acuses de descansar siendo yo tan joven

Yo no lloro por las partidas, vete que no lloraré
Mi dolor no necesita heridas. Vos no sabes herir
Mi dolor es la soledad que no supiste apartar de mí

Amor has que valga la pena perderte
porque amarte, viste, nunca valió la pena.

viernes, 11 de julio de 2014

Has de saber perdonar

Has de saber perdonar

Has de saber perdonar esta inocencia imbécil con la que me arrodillo
has de saber vomitar mis caricias de las que ahora te arrepientes
Aturdido voy por la vida con el desencanto en las manos
Soy sencillo y mi sencillez me da asco

Por encanto te adorne de versos ¡alma mía!
Dejé vacía mi soledad en el arrabal de mi conciencia
Ya voy tarde para el desencuentro de nuestras manos
Nunca llego a tiempo para la desnudez de tu inocencia

Has de saber perdonar el más cruel de mis arrebatos
mi taciturna melancolía a la luz de tu sonrisa ¿perdonarás algún día?
Inefable candidez la de tu cinismo al besar mis ojos con tu mirada
soy un pobre diablo que se masturba con tu recuerdo

He sacrificado los segundos que me concedió la muerte
en esta herejía en que he convertido tu cuerpo de bestia andante
bloque a bloque he construido mi tumba, tu vientre
Debes despacharme, extirparme de alguna manera

Te he sepultado en una lágrima, en un mar de lágrimas
te sepulté viva y tu corazón regurgita blasfemias
A tu sepultura le falta silencio, gritas casi siempre
pasas tus días encerrada en mis ojos, en mi boca

Has de saber perdonar algún día que conserve tus huesos en los míos
que haya deformado tu cara a golpes de pecho
Has de saber perdonar algún día que te apartara del mundo
te arrancara la ropa para buscar en tu cuerpo las pasadas huellas

¿Has de saber perdonar algún día que yo no te perdone nunca
por dejarme tu recuerdo?

Dudar es morir

Dudar es morir 

No me asalten dudas, tan temprano en la mañana
aún traigo la pesadilla en el paladar, en los labios
no me roben la esperanza de una sonrisa.
Tiren, rompan, destruyan, pero alejen de mí su malicia de muerte

Dudar es morir,
morir lentamente

No las desprecio por inciertas, aún con el sol en la frente
sinuosas en sus bordes, desconocidas para el ojo de dios
No las desprecio por sus caricias obscenas bajo mi piel
execrable regocijo en mi angustia, vértigo absurdo

No me engañen con su demagogia de certezas
Déjenme respirar un pasado, un mañana
déjenme creer que soy, que existo más allá del silencio
No me arrojen a la melancolía

¡Cobardes! Están dentro, hiriendo, hundiéndose en mi cansado pecho
Me voy vaciando de remordimientos, soy ajeno a mi dolor
veo aletargado, correr el tiempo en sus manos
Ustedes me sangran, me sangran la desdicha

¿Qué me queda luego de la incerteza?
Una duda nueva

domingo, 6 de julio de 2014

Pena

Vivir no vale la pena

Ya se está viejo cuando se viene al mundo
se trae el dolor en la sangre, en los ojos
uno llora cuando conoce la luz
el principio, la agonía, la sospecha de un final.

Uno se enferma, llora, sufre…
uno se contagia para siempre de soledad
El amor: un bálsamo que no cura,
el amor: otra enfermedad.

Los años minan los huesos y se quiebran
las pequeñas esperanzas y los grandes sueños
se hunden en el gran océano: la desolación
hay un vacío y un gran almacén de huesos rotos.

No está al alcance una lágrima, ni una sola
uno se agarra al dolor
el dolor es bueno, reconforta, alivia
te hace ver entre las sombras.

Nos miramos con asombro los cobardes
al pasar la desgracia seguimos en pie
vivir no vale la pena
vivir es una prolongación de la cobardía.

¡Que valientes todos los cobardes,
chupamos la fuerza de una raquítica esperanza!
Nos cobijamos bajo algún moribundo sueño
gallardía  impresionante que muestran estos miserables.
Repito:
No vale la pena vivir, pero se vive.

El Grito

El Grito

Me despido de este domingo triste
fermentado de recuerdos
voy para adelante con asombro
con temor de niño y angustias de viejo

Yo no me detengo ante las sombras del camino
pasan ante mí, por detrás de mío y se pierden
yo voy tropezando con una bruma espesa
tu figura que no es humo, pero se dispersa.

Me pregunto por qué  siempre he caminado
si hay un verde pasto a la orilla del camino
me pregunto por qué no descanso
si adelante me espera el invierno.

De cuántas estrellas está compuesto mi universo.

Cuando me desespero río un poco sin dejar de caminar
me fumo un cigarrillo con la fortuna del moribundo
pienso en el mar y en los amaneceres de tu cama
sin detenerme miro al cielo y grito
es tan profundo y vacío que nadie escucha, porque no he gritado.

sábado, 5 de julio de 2014

Algunas reflexiones sobre la fatiga

Algunas reflexiones sobre la fatiga

Estoy cansado del perchero de cadáveres
que conservo en el corazón,
veo tan podrido aquel ejército de recuerdos
entre la bruma de las nostalgias.

Harto de los roces fríos de las manos ajenas
después de la juerga de media noche.
Cuando las máscaras se caen
afloran los pálidos rostros de la locura.

Extenuación ante la idea, la metáfora, la razón…
cansa el vértigo de tu cintura,
el palpitar alado de tu incandescencia,
cansan las noches de pasión.

Lasitud ante el infranqueable porvenir.
Musitar ante las flores el designio inamovible: la muerte.
Cantar con los borrachos por las avenidas
los febriles deseos de adolescente.

Lanzar bufidos ante la modorra,
desfallecer de terror ante la hora secreta,
estaremos cansados, fatigados, extenuados y,
a pesar del temor: nos llegará la hora.

Algunas reflexiones sobre la fatiga

Algunas reflexiones sobre la fatiga

Estoy cansado del perchero de cadáveres
que conservo en el corazón,
veo tan podrido aquel ejército de recuerdos
entre la bruma de las nostalgias.

Harto de los roces fríos de las manos ajenas
después de la juerga de media noche.
Cuando las máscaras se caen
afloran los pálidos rostros de la locura.

Extenuación ante la idea, la metáfora, la razón…
cansa el vértigo de tu cintura,
el palpitar alado de tu incandescencia,
cansan las noches de pasión.

Lasitud ante el infranqueable porvenir.
Musitar ante las flores el designio inamovible: la muerte.
Cantar con los borrachos por las avenidas
los febriles deseos de adolescente.

Lanzar bufidos ante la modorra,
desfallecer de terror ante la hora secreta,
estaremos cansados, fatigados, extenuados y,
a pesar del temor: nos llegará la hora.

sábado, 10 de mayo de 2014

EL PRECIO DE LA MUERTE: LA UNIVERSALIDAD EN ROQUE DALTON


“Pronuncia mi nombre
cuando sepas que burlé la muerte”
Jorge Canales.


Once letras en la historia salvadoreña la revolucionaron para siempre: Roque Dalton. Hace 39 años, un día como hoy, día de las madres, muere asesinado el hombre que escribiera aquel «poema de amor», el primer himno salvadoreño de los de abajo, los ofendidos.
Aún no defino por qué escribo estas letras, quizá por una deuda, quizá por deber a la memoria, quizá por mi relación amor/odio con mi país; con su gente, que aún hoy, después de la guerra, continúa matándose; por sus nuevos y modernos esnobismos, por sus acomodados y decadentes representantes de la «modernidad poética», quizá por eso y muchos otros «quizá» escribo estás líneas.
No, Roque no siempre fue tan feo como ahora es: caricaturizado por los esnobistas de la poesía, por el forzamiento del poema bajo el esquema roqueriano, por el uso indiscriminado de su nombre e imagen como propaganda.
La universalidad de Roque es un precio que pago con orgullo para vergüenza de sus asesinos y regocijo de muchos otros que lo querían muerto, pero se pudrieron viendo crecer la eternidad del poeta Roque Dalton.
Tuve la suerte de conocer a Roque por ignorancia ─era estudiante de una escuela pública y ya sabrán a lo que me refiero los que tuvieron la suerte o desgracia de estudiar en una─. Un profesor de sociales llevó un legajo de libros aleatorios entre los cuales, sin yo conocer nada acerca del autor, escogí un libro titulado «Roque Dalton, La ventana en el rostro». Debo confesar que no era un ávido lector de poesía, pero ese primer poema suyo que leí «estudio con algo de tedio», me salvó de admirar la caricatura revolucionaria, que luego descubrí, habían convertido al poeta Roque Dalton.
Admiran algunos a Roque por su poesía política. Yo lo admiro por lo que en sus propias palabras dijo: «Porque antes, muchísimo antes que poetas somos hombres». Detrás de todo adjetivo: revolucionario, poeta, novelista, ensayista, está Roque el hombre, el humano. Nos lego el testamento mas sincero de un hombre: el compromiso para con su arte y no con el arte. Su arte era la sensibilidad con la que concebía el mundo, el dolor de la realidad salvadoreña de la época, ¿no es esa la mayor enseñanza que nos legó: la entrega, el compromiso, el valor? No nos dejó un esquema poético, como algunos pretenden hacernos creer, nos legó el deber y el derecho a una revolución. Roque era inconforme y por lo tanto rebelde, Roque aspiraba al absoluto, Roque era incómodo porque siempre resulta incómodo lo que no se logra comprender.
Recién encontré estás palabras de Fabio Castillo en relación a Roque, quiero trasladarlas a estas mis líneas: «Era difícil para esas personas entender la inteligencia de Roque. Eso no les gusta a las personas que no tienen igual nivel de capacidad y comprensión». ¿Qué capacidad y qué comprensión? Me pregunté inmediatamente a leerlas y me respondí: que pocos, como él, atisbaron a hacer suya una realidad convulsa como la salvadoreña y comprender que se debía hacer algo.
Su muerte fue un tema de novela: un grupo de hombres seducidos por los celos, asesinan a su compañero con la justificación de estar haciéndolo por el bien común de la lucha revolucionaria. Toda una novela. Pero más allá del personaje de Roque Dalton está el ideal de hombre que nos legó, el superhombre comprometido.
Luis Alvarenga dijo las siguientes palabras: «Creo que a Roque si no lo matan en el 75, lo matan después porque siempre era incómodo, ese tipo de inteligencia es un lujo que este país no ha permitido darse». Ser rebelde hasta ante nuestras propias convicciones fue el otro mensaje del hombre-humano Roque. Murió por rebeldía, pero no por una rebeldía sin causa, sino precisamente era la causa de la rebeldía por la que murió, la causa de la verdad y para buscar la verdad uno debe, necesariamente ser rebelde, rehuir al sentirse cómodo.
Se publicó una antología poética en honor a Roque Dalton ─se debía desde hace mucho─ la titularon «A la izquierda del corazón». En el prólogo a cargo del Dr. Luis Melgar Brizuela se cuestiona: « ¿Quién sería él ahora, en 2014, a sus 79 años: un Vice-Ministro de cultura, un Embajador en Europa, un director de la Biblioteca Nacional?». Yo me cuestioné al leer esas líneas: ¿Quién es ahora Roque Dalton? Dalton es, para los que concebimos su poesía de hombre y no el nombre de Roque Dalton en su poesía, la entrega al martirio en la palabra, el compromiso social para con nuestra sociedad, el recuerdo de la traición amiga, la renuncia al esteticismo poético, el verso como fuente de vida. Eso y mucho más significa Roque Dalton para mí un joven poeta.



Pd: ¡Pobrecito Poeta que es y era Roque, pero que grande es en la nimiedad de esta efímera existencia!