Cortázar viene del infinito y va hacia el infinito o lo que, modestamente, se considera el infinito: la eternidad. Hoy se cumplen cien años de su nacimiento.
Recuerdo que conocí a Borges y conocer a Borges es encaminarse a conocer a Julio Cortázar (Puede suceder a la inversa). Nunca me gustaron los epítetos suntuosos como “Referente clave de la literatura” me parecen de un gusto apoteósico grotesco. Veo a Cortázar como un gran escritor, y un gran escritor ─parafraseando a Sabato─ no es un artífice de la palabra, sino un gran hombre que escribe y él lo sabe.
Nuestro hombre, Julio Cortázar, pues bien, era un escritor. Cualquiera puede ser un escritor, pero ninguno puede ser Julio Cortázar. Ahí radica esa cualidad que en ocasiones yo mismo he cuestionado. ¿Qué quiero decir con que Julio Cortázar es su cualidad? He sostenido siempre que hay una línea diáfana, pero infranqueable que une obra y escritor. La obra de Julio Cortázar es de una inagotable fuente: la imaginación; y Cortázar es en definitiva un ser imaginario.
El mundo literario, no la Literatura, ha sido y es un mercado de ofertas y demandas en los que las demandas no suelen ser consecuencia de la calidad, sino del éxito. Casi siempre el éxito no es sinónimo de calidad; sin embargo Julio Cortázar logro aunar esos dos atributos en su obra. Razón por la cual sea de ese grupo de escritores paradigmáticos y mal comprendidos, sino recuérdese a Gabriel García Márquez que llegó a ser el autor latinoamericano más leído por los que “fingen leer” y; sin embargo, se debe afirmar que este escritor es imprescindible en la historia literaria; a pesar de lo vapuleada que esta su imagen con tanto esnob leyendo su obra sin procurar comprenderlo.
Quiero rescatar a Cortázar para mí. Nació un día como hoy. Nació un veintiséis de agosto de 1914. Inevitable y brutal fue mi encuentro con él. No olvidaré jamás esa sensación de shock que me dejó la lectura de “la noche boca arriba”. Desesperado, hambriento de sus historias, comencé a indagar, como suele sucederme con un escritor que me impacta, todo cuanto pudiera acerca de ese gigantesco hombre, tanto de estatura como de genio. Aún me debo leer algunas de sus obras. Era un escritor prolífico, maniático como debía ser para escribir un cuento como “cirse” de aquel endemoniado “Bestiario”. A riesgo de caer en la apoteosis debo decir que, Cortázar, es un escritor que debe ser leído no por sus errores, sino por sus aciertos.
La lectura de Cortázar es fulminante de una lucidez de locos, atrapa por esa característica tan propia de Julio Cortázar: el enigma. El enigma de Cortázar no es indescifrable, basta ver todo con los ojos de los niños, dejarnos llevar por el asombro de sus temas y sus personajes. Basta para leer a Cortázar, sensibilidad.
Conocido como el Gran Cronopio, pasará a la historia por esa sensación de extrañeza y admiración hacia su obra. Hoy, cien años después del día que lo vio nacer, trataré de recordarlo, de rescatarlo para mí, en las lecturas, en las tantas horas de lecturas en las que uno se induce tras un primer bocado de Cortázar.
martes, 26 de agosto de 2014
Cien años de Cortázar
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