sábado, 23 de marzo de 2013

Una tarde cualquiera.



Una tarde cualquiera.

 Nos duele mucho nuestra distancia -le dije.
 Aquella tarde de agosto parecía casi perfecta, excepto por el viento que siempre me pareció
un mal presagio para los reencuentros. Un año antes lo había visto por última vez en aquella cama en la que nos despedimos. Aun lo recuerdo con las lágrimas en el rostro pronunciando las últimas palabras que fueron para mí.
Nuestra suerte estaba echada antes de darnos cuenta. Si tal vez nos quisimos fue por un instante, pero ambos sabíamos que no era un instante eterno.
Lo invite a uno de mis vicios que creí tontamente que aun compartíamos, de mi bolsillo derecho saque la cajetilla de cigarrillos que siempre me acompañaba. Cogí un par y le ofrecí uno, con una sonrisa en mis labios, el respondió, un poco apenado, que lo dejo un par de meses después de habernos dicho  Adiós. Consternado guarde uno de los cigarrillos que estaban en mi mano y lleve el otro a mis labios, de mi bolsillo izquierdo saque un encendedor y comencé el ritual de fumar sin darme cuenta que fumaba.
Estás un poco cambiado -le dije- te recordaba un poco más alto, pero a lo mejor son cosas del tiempo. Vos no has cambiado nada -respondió- aun fumas como si la vida se te fuera en cada cigarrillo.
Un silencio melancólico nos invadió. Para no perder el encanto de aquel momento, lo
invite a sentarnos en una grada de aquella universidad que muchas veces nos vio
Sonreír. Luego de sentarnos me dijo, quizá para romper ese cristal diáfano que nos e
separaba, es un gusto volver a hablarte sin peleas ni rencores. Solo pude pronunciar:
-el pasado es pasado.
Comenzé a sentir un ardor en mi garganta, me di cuenta entonces que del cigarrillo
que encendí solo quedaba una colilla. La gente pasaba sin prestarnos la menor atención
, quien pensaría que nosotros dos tenemos una historia cuando ni siquiera podemos
mantener una conversación.
Tengo que decirte algo que sonara extraño, teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado -le dije.
Decímelo: si algo recuerdo bien de vos, es que nunca te gano la pena, bueno al menos conmigo. Sonrió de una manera tonta y guardo silencio.
Yo por mi parte trataba de encontrar las palabras adecuadas para decirle lo que tenía en mente. En ese momento comprendí  que los sentimientos no se dicen con palabras.
Te he extrañado mucho -exprese. En una voz que no era mía, Sonó tan vacío, que hasta a mí me parecieron falsas mis palabras.
Los dos segundos que tardó en responder, parecieron eternos en el sopor de aquel momento mágico. La tarde se había vuelto una mezcla de melancolía y tristeza.
Tal vez no me creas, pero yo te he extrañado más -respondió. Sus palabras fueron tiernas, un poco dulces y tristes. Lo miré y recordé aquel joven que conocí una tarde de aquellas en las que por casualidad se cruzan dos caminos que no estaban destinados a encontrarse. El destino es rencoroso y vengativo, nunca le deja nada al azar -pensé.
Lo recordé con los mismos ojos color café, tez blanca; atacada un poco por la implacable fuerza de nuestro sol, las mismas manos tersas; que tantas veces besé cuando nos amábamos, la misma voz; que me enamoraba al escucharla. Parecía el mismo, sin embargo, no era el mismo, ambos éramos dos desconocidos con recuerdos en común.
Él sonrió y me dijo: -porque me ves tanto.
Trato de recordarte - respondí. Es fácil -replico- pensá que una vez me amaste y me recordaras.
En mi corazón buscaba ese sentimiento que llame amor en un pasado no tan distante, pero por más que lo intentaba simplemente no lo encontraba. En la mente el tiempo nunca pasa de la misma forma que en la vida real.
Repasé en mi memoria toda nuestra historia y solo entonces aprendí la segunda lección que la vida me enseño ese día:
-Nunca debí llamarle amor a la necesidad de estar con alguien.
De golpe me di cuenta que la soledad se reía de mí, el sentimiento que despertó  cuando lo vi esa tarde de agosto simplemente fue una ilusión, un recurso para abandonar mi soledad.
Reconocí en ese instante al sujeto que se encontraba junto a mí. Apareció de la nada sentado conmigo en una grada de aquella universidad, sonreí satisfecho por aquel momento.
Porque sonríes, pregunto el sujeto que estaba sentado a mi lado. Porque ya me acorde de vos- le respondí un poco taciturno- Eres un recuerdo -le dije.
Ayudado un poco con el viento tome mis libros y me levante. Le sonreí tiernamente y alargue mi brazo hasta que mi mano estuvo al alcance de su mano. El hizo lo mismo, sentí como su dedo anular se encajaba en mi dedo anular hasta darnos un apretón y terminar con el abrazo que ambos merecíamos. Le susurre al oído, -hasta el próximo año. Sonrió y
Respondió -ya lo sé.


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