Una tarde cualquiera.
Nos duele mucho nuestra distancia -le dije.
Aquella tarde de agosto parecía casi perfecta,
excepto por el viento que siempre me pareció
un mal presagio para los
reencuentros. Un año antes lo había visto por última vez en aquella cama en la
que nos despedimos. Aun lo recuerdo con las lágrimas en el rostro pronunciando
las últimas palabras que fueron para mí.
Nuestra suerte estaba echada antes
de darnos cuenta. Si tal vez nos quisimos fue por un instante, pero ambos
sabíamos que no era un instante eterno.
Lo invite a uno de mis vicios que
creí tontamente que aun compartíamos, de mi bolsillo derecho saque la cajetilla
de cigarrillos que siempre me acompañaba. Cogí un par y le ofrecí uno, con una
sonrisa en mis labios, el respondió, un poco apenado, que lo dejo un par de
meses después de habernos dicho Adiós.
Consternado guarde uno de los cigarrillos que estaban en mi mano y lleve el
otro a mis labios, de mi bolsillo izquierdo saque un encendedor y comencé el
ritual de fumar sin darme cuenta que fumaba.
Estás un poco cambiado -le dije-
te recordaba un poco más alto, pero a lo mejor son cosas del tiempo. Vos no has
cambiado nada -respondió- aun fumas como si la vida se te fuera en cada
cigarrillo.
Un silencio melancólico nos
invadió. Para no perder el encanto de aquel momento, lo
invite a sentarnos en una grada de
aquella universidad que muchas veces nos vio
Sonreír. Luego de sentarnos me
dijo, quizá para romper ese cristal diáfano que nos e
separaba, es un gusto volver a
hablarte sin peleas ni rencores. Solo pude pronunciar:
-el pasado es pasado.
Comenzé a sentir un ardor en mi
garganta, me di cuenta entonces que del cigarrillo
que encendí solo quedaba una
colilla. La gente pasaba sin prestarnos la menor atención
, quien pensaría que nosotros dos
tenemos una historia cuando ni siquiera podemos
mantener una conversación.
Tengo que decirte algo que sonara
extraño, teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado -le dije.
Decímelo: si algo recuerdo bien de
vos, es que nunca te gano la pena, bueno al menos conmigo. Sonrió de una manera
tonta y guardo silencio.
Yo por mi parte trataba de
encontrar las palabras adecuadas para decirle lo que tenía en mente. En ese
momento comprendí que los sentimientos
no se dicen con palabras.
Te he extrañado mucho -exprese. En
una voz que no era mía, Sonó tan vacío, que hasta a mí me parecieron falsas mis
palabras.
Los dos segundos que tardó en
responder, parecieron eternos en el sopor de aquel momento mágico. La tarde se
había vuelto una mezcla de melancolía y tristeza.
Tal vez no me creas, pero yo te he
extrañado más -respondió. Sus palabras fueron tiernas, un poco dulces y
tristes. Lo miré y recordé aquel joven que conocí una tarde de aquellas en las
que por casualidad se cruzan dos caminos que no estaban destinados a
encontrarse. El destino es rencoroso y vengativo, nunca le deja nada al azar
-pensé.
Lo recordé con los mismos ojos
color café, tez blanca; atacada un poco por la implacable fuerza de nuestro
sol, las mismas manos tersas; que tantas veces besé cuando nos amábamos, la
misma voz; que me enamoraba al escucharla. Parecía el mismo, sin embargo, no
era el mismo, ambos éramos dos desconocidos con recuerdos en común.
Él sonrió y me dijo: -porque me
ves tanto.
Trato de recordarte - respondí. Es
fácil -replico- pensá que una vez me amaste y me recordaras.
En mi corazón buscaba ese
sentimiento que llame amor en un pasado no tan distante, pero por más que lo
intentaba simplemente no lo encontraba. En la mente el tiempo nunca pasa de la
misma forma que en la vida real.
Repasé en mi memoria toda nuestra
historia y solo entonces aprendí la segunda lección que la vida me enseño ese
día:
-Nunca debí llamarle amor a la
necesidad de estar con alguien.
De golpe me di cuenta que la
soledad se reía de mí, el sentimiento que despertó cuando lo vi esa tarde de agosto simplemente
fue una ilusión, un recurso para abandonar mi soledad.
Reconocí en ese instante al sujeto
que se encontraba junto a mí. Apareció de la nada sentado conmigo en una grada
de aquella universidad, sonreí satisfecho por aquel momento.
Porque sonríes, pregunto el sujeto
que estaba sentado a mi lado. Porque ya me acorde de vos- le respondí un poco
taciturno- Eres un recuerdo -le dije.
Ayudado un poco con el viento tome
mis libros y me levante. Le sonreí tiernamente y alargue mi brazo hasta que mi
mano estuvo al alcance de su mano. El hizo lo mismo, sentí como su dedo anular
se encajaba en mi dedo anular hasta darnos un apretón y terminar con el abrazo
que ambos merecíamos. Le susurre al oído, -hasta el próximo año. Sonrió y
Respondió -ya lo sé.
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