Seres sin conciencia -animales de la nada-
se adentran en el territorio prohibido: La noche.
Se acobijan del sórdido abrigo del silencio.
Caminan por los senderos de la muerte, sin temerla.
Juegan con sus cabellos oscuros
bañados con la ya extinta luz del día.
El hogar inocuo
de las almas desterradas del paraíso.
Este cielo, mi cielo, mi infierno.
¿Quién perturba esta paz?
¿Mi sangre fluyente de poesía?
¿Mi espíritu negándose a la esperanza?
Allá aguarda el crepúsculo
más allá de la frontera del olvido.
Tu memoria, mi memoria, ya no existe.
No somos cuerpos, sino aliento
de la dama sin nombre que nosotros llamamos: Noche.